Cierta noche se encontraba caminando por el bosque, el
mismo al que siempre recurría cuando necesitaba reflexionar sobre algo que
ocurrió en la tarde, para arrancarse del mundo por un rato o simplemente porque
adoraba ese lugar y le encantaba la paz que le brindaba. Su única compañía era
la suave brisa nocturna que mecía las
hojas con dulzura y le susurraba al oído palabras de consuelo. En definitiva,
era su segundo hogar, su refugio cuando todo se encontraba mal.
Siguió caminando por el sendero que acostumbraba, en
dirección a un claro donde podía tener una conversación con su única amiga en
ese entonces, la Luna, que lo invitaba a beber una copa de olvido en el cráter
de turno.
Habiendo llegado a su santuario se recostó sobre un
cumulo de hojas y miró al cielo. Lo único que observó fue una noche estrellada,
pero su confidente no se encontraba; más bien se encontraba escondida tras un
manto de nubes.
-
¿Te encuentras disponible para una charla con un
viejo amigo? Últimamente has estado extraña, más brillante que de costumbre, me
atrevería decir que te enamoraste de alguien, si es así, ¡vamos! Cuéntame de
quien se trata, no te escondas, parece que hasta tienes vergüenza de mi. Vamos,
habla conmigo, quizás tienes mejores noticias que yo. Las últimas semanas han
sido horribles, mi amada dice que estoy cambiando, que vengo seguido a hablar
contigo, tiene celos de ti, dice que soy otro, ¡hasta me cuesta llevarme con
los niños! Hoy en particular, mientras estábamos comiendo, me miraban con pena,
¡casi hasta con miedo!, y yo, no sé realmente que ocurre, éramos una familia
tan feliz, solo mi corazón sabe cuánto he sufrido… Por favor, sal un rato, te
necesito…
Esperó unos minutos, nada pasó.
-
Bien, me temo que hoy no vendrás. Regresaré a mi
hogar, es tarde, no quiero tener más problemas… ¿Cómo puede tener celos de ti?
Si ella es tan hermosa, la amo tanto. No comprende que solo eres mi amiga, mi
confidente… Bueno, vendré otro día por si te encuentro, adiós.
Cuando se disponía a abandonar el lugar, miró por última
vez el cielo. Algo pasó, las nubes se despejaron y ahí estaba ella, más
brillante que nunca, pero este brillo no era el de siempre, era un brillo
azulado, que aun en la oscuridad de la noche se vislumbraba. Daba una sensación
al verla, una sensación de tristeza, de melancolía. Esa luna de los que
escriben canciones por la pérdida de su ser amado. Mientras admiraba aquel
espectáculo en el firmamento le comenzaron a pesar los ojos, por más que
intentaba mantenerlos abiertos, pues sabía que debía regresar a su hogar, no
podía, era como un conjuro…
Despertó horas más tarde, se aproximaba el amanecer y su amiga no se encontraba ya. Preocupado,
con mucho frio y preguntándose por lo que había pasado se levantó con
dificultad, y emprendió finalmente el curso a su casa. Mientras caminaba
pasaban muchos pensamientos por su cabeza, tantos que no se percató que algo
andaba mal, a lo más un leve dolor en sus pies, una molestia al caminar sobre
las ramas y hojas secas, que nunca antes había sentido. Al aproximarse cada vez más a su destino se
cuestiono por qué de pronto todo se veía tan pequeño, hasta los arboles
parecían más chicos.
Finalmente llego. Se detuvo un momento, algo sentía en su
corazón, un mal presentimiento, fuera del terror que lo agobiaba por lo que le
iba a decir ella, había algo más.
Hasta que cayó en cuenta de su condición, su casa era
demasiado chica para él, intentó entrar pero no lo logro.
-
¡Cariño!! Ven, ayúdame, algo ocurre no puedo
entrar!
Nadie respondió. Repitió su grito y otra vez nada. Pensó
que probablemente se encontraría enojada, así que lo haría esperar.
Se sentó en la puerta y de repente escucho un sonido, por
fin habían percatado su presencia. La vio salir de la madriguera en una actitud
irreconocible, más que una actitud eran sus ojos, no demostraban enojo, era
algo mucho peor, un fulgor desafiante y asesino, como si no lo reconociera.
-
Cariño por favor perdóname, no sé qué pasó. Fui
a pasear como todas las noches y me desmayé y me sigo sintiendo extraño ahora…
¿Por qué me miras así?
Nuevamente ninguna respuesta. Se intentó acercar y paso
algo más raro aun, un gruñido. Realmente algo andaba mal, sabía que había
cometido un error al alejarse por horas, ¿pero era para tanto? Se intento
acercar un poco más, después de todo ese era su hogar también, pero fue el peor
error que pudo cometer: ella se lanzo a su cuello y lo apretó fuerte, más
fuerte de lo normal cuando jugaban o aun cuando discutían.
Cayó al piso, con su cabeza más confundida que nunca y un
dolor insoportable. No sabía qué hacer, tampoco podía articular palabras, lo
único que atinó fue a pensar en dirigirse hacia el lago que se encontraba
cerca, necesitaba agua. Fue infinitamente más fácil imaginárselo que
realizarlo, se tambaleaba mareado afirmándose en los arboles mientras sentía que
algo tibio caía sobre su piel. Cada paso le costaba más que el último.
Cuando llego al lago se acerco a la orilla, casi no le
quedaban fuerzas y veía todo borroso, al parecer había perdido mucha sangre.
Con la poca energía que le quedaba se asomó sobre el agua y vio una imagen
aterrorizante: no era él, era un ser alto, sin pelo en el cuerpo, de piel
rosada y hocico chato. Sus patas delanteras no se encontraban tonificadas por
el uso diario y lo más raro, al final de ellas, tenía cinco alargadas garras, además
noto que un liquido rojo brotaba de debajo de su cabeza.
De la sola impresión, y más mareado que nunca perdió el
equilibrio. Por su cabeza pasaban mil interrogantes, ¿Qué era lo que había
visto? ¿Qué había acontecido en la noche? Su amada, sus niños, su amor, su
bosque. Reunió su último aliento y dio vistazo al cielo. Una lágrima cayó sobre
su rostro, y dijo sonriendo:
-
Eres una tonta, ahora comprendo porque estabas
tan avergonzada…
Amaneció.