martes, 4 de septiembre de 2012

Luna


Cierta noche se encontraba caminando por el bosque, el mismo al que siempre recurría cuando necesitaba reflexionar sobre algo que ocurrió en la tarde, para arrancarse del mundo por un rato o simplemente porque adoraba ese lugar y le encantaba la paz que le brindaba. Su única compañía era la  suave brisa nocturna que mecía las hojas con dulzura y le susurraba al oído palabras de consuelo. En definitiva, era su segundo hogar, su refugio cuando todo se encontraba mal.
Siguió caminando por el sendero que acostumbraba, en dirección a un claro donde podía tener una conversación con su única amiga en ese entonces, la Luna, que lo invitaba a beber una copa de olvido en el cráter de turno.
Habiendo llegado a su santuario se recostó sobre un cumulo de hojas y miró al cielo. Lo único que observó fue una noche estrellada, pero su confidente no se encontraba; más bien se encontraba escondida tras un manto de nubes.
-          ¿Te encuentras disponible para una charla con un viejo amigo? Últimamente has estado extraña, más brillante que de costumbre, me atrevería decir que te enamoraste de alguien, si es así, ¡vamos! Cuéntame de quien se trata, no te escondas, parece que hasta tienes vergüenza de mi. Vamos, habla conmigo, quizás tienes mejores noticias que yo. Las últimas semanas han sido horribles, mi amada dice que estoy cambiando, que vengo seguido a hablar contigo, tiene celos de ti, dice que soy otro, ¡hasta me cuesta llevarme con los niños! Hoy en particular, mientras estábamos comiendo, me miraban con pena, ¡casi hasta con miedo!, y yo, no sé realmente que ocurre, éramos una familia tan feliz, solo mi corazón sabe cuánto he sufrido… Por favor, sal un rato, te necesito…
Esperó unos minutos, nada pasó.
-          Bien, me temo que hoy no vendrás. Regresaré a mi hogar, es tarde, no quiero tener más problemas… ¿Cómo puede tener celos de ti? Si ella es tan hermosa, la amo tanto. No comprende que solo eres mi amiga, mi confidente… Bueno, vendré otro día por si te encuentro, adiós.
Cuando se disponía a abandonar el lugar, miró por última vez el cielo. Algo pasó, las nubes se despejaron y ahí estaba ella, más brillante que nunca, pero este brillo no era el de siempre, era un brillo azulado, que aun en la oscuridad de la noche se vislumbraba. Daba una sensación al verla, una sensación de tristeza, de melancolía. Esa luna de los que escriben canciones por la pérdida de su ser amado. Mientras admiraba aquel espectáculo en el firmamento le comenzaron a pesar los ojos, por más que intentaba mantenerlos abiertos, pues sabía que debía regresar a su hogar, no podía, era como un conjuro…
Despertó horas más tarde, se aproximaba el amanecer  y su amiga no se encontraba ya. Preocupado, con mucho frio y preguntándose por lo que había pasado se levantó con dificultad, y emprendió finalmente el curso a su casa. Mientras caminaba pasaban muchos pensamientos por su cabeza, tantos que no se percató que algo andaba mal, a lo más un leve dolor en sus pies, una molestia al caminar sobre las ramas y hojas secas, que nunca antes había sentido.  Al aproximarse cada vez más a su destino se cuestiono por qué de pronto todo se veía tan pequeño, hasta los arboles parecían más chicos.
Finalmente llego. Se detuvo un momento, algo sentía en su corazón, un mal presentimiento, fuera del terror que lo agobiaba por lo que le iba a decir ella, había algo más.
Hasta que cayó en cuenta de su condición, su casa era demasiado chica para él, intentó entrar pero no lo logro.
-          ¡Cariño!! Ven, ayúdame, algo ocurre no puedo entrar!
Nadie respondió. Repitió su grito y otra vez nada. Pensó que probablemente se encontraría enojada, así que lo haría esperar.
Se sentó en la puerta y de repente escucho un sonido, por fin habían percatado su presencia. La vio salir de la madriguera en una actitud irreconocible, más que una actitud eran sus ojos, no demostraban enojo, era algo mucho peor, un fulgor desafiante y asesino, como si no lo reconociera.
-          Cariño por favor perdóname, no sé qué pasó. Fui a pasear como todas las noches y me desmayé y me sigo sintiendo extraño ahora… ¿Por qué me miras así?
Nuevamente ninguna respuesta. Se intentó acercar y paso algo más raro aun, un gruñido. Realmente algo andaba mal, sabía que había cometido un error al alejarse por horas, ¿pero era para tanto? Se intento acercar un poco más, después de todo ese era su hogar también, pero fue el peor error que pudo cometer: ella se lanzo a su cuello y lo apretó fuerte, más fuerte de lo normal cuando jugaban o aun cuando discutían.
Cayó al piso, con su cabeza más confundida que nunca y un dolor insoportable. No sabía qué hacer, tampoco podía articular palabras, lo único que atinó fue a pensar en dirigirse hacia el lago que se encontraba cerca, necesitaba agua. Fue infinitamente más fácil imaginárselo que realizarlo, se tambaleaba mareado afirmándose en los arboles mientras sentía que algo tibio caía sobre su piel. Cada paso le costaba más que el último.
Cuando llego al lago se acerco a la orilla, casi no le quedaban fuerzas y veía todo borroso, al parecer había perdido mucha sangre. Con la poca energía que le quedaba se asomó sobre el agua y vio una imagen aterrorizante: no era él, era un ser alto, sin pelo en el cuerpo, de piel rosada y hocico chato. Sus patas delanteras no se encontraban tonificadas por el uso diario y lo más raro, al final de ellas, tenía cinco alargadas garras, además noto que un liquido rojo brotaba de debajo de su cabeza.
De la sola impresión, y más mareado que nunca perdió el equilibrio. Por su cabeza pasaban mil interrogantes, ¿Qué era lo que había visto? ¿Qué había acontecido en la noche? Su amada, sus niños, su amor, su bosque. Reunió su último aliento y dio vistazo al cielo. Una lágrima cayó sobre su rostro, y dijo sonriendo:
-          Eres una tonta, ahora comprendo porque estabas tan avergonzada…
Amaneció.

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